- Elijah Just brilló con un doblete para los All Whites, mientras que Irán reaccionó en dos ocasiones para rescatar un punto en el Grupo G
Lo que en el papel parecía uno de los encuentros menos llamativos de la fase de grupos terminó convirtiéndose en uno de los más entretenidos del Mundial 2026. Irán y Nueva Zelanda empataron 2-2 en el SoFi Stadium de Los Ángeles, en un duelo cargado de intensidad, emociones y alternativas en el marcador.
Nueva Zelanda sorprendió desde el inicio. Apenas a los ocho minutos, Chris Wood habilitó a Elijah Just, quien definió con precisión para poner adelante a los oceánicos y desatar la ilusión de conseguir la primera victoria mundialista en la historia de su selección.
Irán reaccionó y encontró el empate gracias a la experiencia de Ramin Rezaeian. El defensor aprovechó un error en la salida de los neozelandeses para igualar el marcador y devolver la tranquilidad a un conjunto asiático que llegaba como favorito para este compromiso.
En la segunda mitad, los All Whites volvieron a golpear. Una vez más apareció Elijah Just, quien firmó su doblete tras otra asistencia de Chris Wood para devolverle la ventaja a Nueva Zelanda. El atacante hizo historia al convertirse en el primer futbolista neozelandés en marcar dos goles en un partido mundialista desde 1982.
Sin embargo, Irán demostró carácter y capacidad de respuesta. Mohammad Mohebi conectó de cabeza un preciso servicio de Rezaeian para decretar el 2-2 definitivo y evitar una derrota que habría complicado desde el inicio sus aspiraciones de avanzar a la siguiente ronda.
El encuentro estuvo marcado por constantes llegadas en ambas áreas. Irán registró mayor volumen ofensivo, mientras que Nueva Zelanda apostó por transiciones rápidas que pusieron en aprietos a la defensa asiática. El desgaste físico se hizo evidente en los minutos finales, pero ninguno de los dos equipos encontró el gol del triunfo.
Con este resultado, ambas selecciones sumaron su primer punto en el Grupo G y dejaron abierta la pelea por los boletos a la siguiente fase. Más allá del empate, Irán y Nueva Zelanda ofrecieron un espectáculo inesperado que recordó que en los Mundiales no existen rivales pequeños y que cualquier partido puede convertirse en una auténtica fiesta del futbol.