- Desde el cementerio Verano, en Roma, el pontífice afirmó que la fe en Cristo transforma, pero no rompe, el vínculo con los seres queridos fallecidos; también pidió que el sufrimiento de las víctimas de la guerra conmueva a quienes pueden detener los conflictos
ROMA, ITALIA.- Durante la celebración de la misa por los fieles difuntos en el cementerio Verano, el papa León XIV llamó a mantener viva la esperanza en la vida eterna y a orar por quienes han perdido a sus seres queridos, especialmente las víctimas de la violencia y de los conflictos armados.
Ante fieles y religiosos reunidos en este camposanto romano, el pontífice describió el lugar como un espacio de oración, recuerdo y esperanza, que representa un umbral entre la vida terrenal y el más allá.
En su homilía, destacó que la fe cristiana se sostiene en la confianza en Dios, cuyas manos, dijo, son capaces de custodiar el alma de los justos y ofrecerles la promesa de la salvación.
Al referirse al mensaje del Libro de la Sabiduría y del Apocalipsis, León XIV expresó su deseo de que los difuntos permanezcan bajo el cuidado de Dios y alcancen la plenitud de la unión con Él.
El Papa también retomó las Bienaventuranzas del Evangelio de Mateo, en particular la que proclama: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados», para recordar el sufrimiento de quienes atraviesan el duelo.
En este contexto, hizo una petición especial por las personas que recientemente han perdido a un ser querido, en particular aquellas cuyas familias han sido afectadas por la violencia de la guerra.
“¡Que las lágrimas de tantas madres, de tantos niños, de tantos ancianos conmuevan las conciencias de quienes tienen el poder de hacer callar las armas!”, expresó.
León XIV subrayó que la fe en Cristo permite comprender la muerte desde la esperanza y no únicamente desde la pérdida, pues el vínculo con quienes han fallecido no desaparece, sino que se transforma.
Añadió que la oración por los difuntos y la celebración de la Eucaristía mantienen viva la esperanza de alcanzar la comunión plena con Dios.
Al concluir, invitó a los fieles a continuar su camino con confianza, a la espera del momento en que, según la promesa bíblica, Dios enjugará toda lágrima y ya no habrá muerte, llanto ni dolor.