- Filósofos, científicos y especialistas en inteligencia artificial analizan los alcances de una tecnología que comienza a incursionar en ámbitos considerados exclusivamente humanos
CIUDAD DEL VATICANO.- La inteligencia artificial avanza a una velocidad sin precedentes y comienza a transformar no sólo la manera de trabajar y producir información, sino también la creatividad, las relaciones personales y la forma en que las personas se relacionan con la tecnología.
Ante este escenario, expertos reunidos en el Vaticano plantearon una comparación tan sencilla como contundente: la inteligencia artificial es como un automóvil potente y veloz; puede permitir aceleraciones extraordinarias, pero necesita frenos eficaces y confiables para evitar un accidente.
La analogía fue planteada por Dmitry Volkov, filósofo, empresario tecnológico y fundador del International Center for Consciousness Studies (ICCS), durante el encuentro internacional “Creativity: Minds and Machines”, que reúne en Roma y la Ciudad del Vaticano a filósofos, neurocientíficos, científicos cognitivos e investigadores de inteligencia artificial.
La reflexión pone el acento en uno de los principales desafíos de la nueva era tecnológica: no se trata únicamente de preguntarse hasta dónde puede llegar la IA, sino de establecer los mecanismos que permitan conducir su desarrollo de manera responsable.
Una tecnología que acelera la creatividad
Para Volkov, la inteligencia artificial puede convertirse en un poderoso instrumento para potenciar la creatividad humana. Actividades que durante años estuvieron reservadas a especialistas —como producir videos, películas o animaciones— ahora pueden estar al alcance de muchas más personas gracias a estas herramientas.
Sin embargo, esta democratización también genera nuevos riesgos. La misma tecnología que permite crear con mayor facilidad puede utilizarse para producir deepfakes, manipular imágenes y videos o difundir contenidos capaces de perjudicar a otras personas.
Por ello, la velocidad del desarrollo tecnológico debe estar acompañada por criterios de responsabilidad, regulación y educación.
¿Puede una máquina ser creativa?
Esta es otra de las preguntas que los especialistas analizan en el encuentro. El filósofo Pietro Perconti, cofundador del ICCS, considera que no resulta absurdo hablar de creatividad artificial, aunque advierte que la creatividad producida por las máquinas no necesariamente corresponde al mismo concepto de creatividad asociado tradicionalmente con el ser humano.
La IA podría estar generando una nueva forma de creación, entendida más como una empresa colectiva entre personas y máquinas que como el resultado exclusivo del genio individual de un artista.
El debate adquiere mayor profundidad cuando se analiza la capacidad de estos sistemas para aprender de los usuarios, recordar conversaciones y preferencias y adaptar sus respuestas. Los llamados “compañeros de IA” incluso abren la posibilidad de establecer relaciones de amistad, asistencia o carácter sentimental con una máquina.
El riesgo de una IA que siempre nos da la razón
Entre las preocupaciones de los especialistas también aparece la denominada sycophancy, es decir, la tendencia de algunos sistemas de inteligencia artificial a complacer al usuario y darle respuestas cercanas a lo que quiere escuchar.
El riesgo es que una IA excesivamente complaciente termine reforzando las ideas, prejuicios o incluso el narcisismo de una persona, en lugar de cuestionarla o ayudarla a reflexionar.
En otras palabras, una tecnología diseñada para acompañarnos no necesariamente debe estar diseñada para darnos siempre la razón.
Los “frenos” también son parte de la innovación
La metáfora del automóvil resume buena parte del debate: cuanto mayor es la capacidad de aceleración, mayor debe ser la capacidad para controlar la velocidad y detenerse cuando sea necesario.
Desde esta perspectiva, los “frenos” de la inteligencia artificial representan la ética, la regulación, la educación, la responsabilidad de quienes desarrollan estas tecnologías y la capacidad de las sociedades para establecer límites.
Esta preocupación coincide con la visión humanista que el Vaticano ha colocado en el centro de su reflexión sobre la IA: el desarrollo tecnológico debe mantenerse al servicio de las personas y del bien común. En mayo, el papa León XIV presentó su encíclica Magnifica humanitas, en la que llamó a “desarmar” la IA de lógicas de dominio, exclusión y guerra.
Así, mientras las máquinas adquieren nuevas capacidades para crear, aprender, comunicarse y acompañar, el desafío no parece ser detener la innovación, sino aprender a conducirla.
Porque, como plantea la metáfora de Volkov, un automóvil cada vez más rápido no necesita solamente un motor más potente: necesita mejores frenos. Y una inteligencia artificial cada vez más poderosa necesita, de la misma manera, una sociedad capaz de poner límites, tomar decisiones y mantener al ser humano al volante.