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Miércoles, 18 de Octubre de  2017
11:52

Hola amigos después de unas largas vacaciones que me tomé ya estoy aquí de regreso dándoles lata. Antes de empezar deseo que se encuentren bien de salud y precisamente de ello quiero hablarles el día de hoy. Sucede que todos valoramos la salud cuando la perdemos porque cuando estamos sanos ni cuenta nos damos que nuestro cuerpecito funciona como una maquinita perfecta, que además siempre está bien aceitadita y lista para lo que se ofrezca.

Pero ¿qué sucede cuando algo de esa maquinita se nos descompone? Entonces sí sufrimos y nos damos cuenta que hace mucha falta la mano que nos lastimamos, o que para hacer cualquier movimiento por más simple o sencillo que parezca requerimos de la acción concertada de los huesos, las articulaciones y los músculos, por ello entre otras cosas cuando se nos llega a contracturar la espalda y queremos agarrar nuestro vehículo volador  para barrer o cargar una simple cubeta con agua pues no podemos y decimos órale si tan chencho que se ve levantar una cubetita con agua.

Bueno estos son solo algunos ejemplos de malestares temporales pero cuando sufrimos de alguna enfermedad más grave entonces sí que la cosa se pone fea. Al principio negamos la enfermedad y decimos seguro salieron mal mis análisis porque anoche me eché unos taquitos bien grasudos o fue porque me he malpasado mucho últimamente o bien le echamos la culpa al estrés, sí el enemigo invisible de nuestros tiempos. Si la cosa es más seria y se trata de una enfermedad muy grave en esa medida es el estado de negación de la enfermedad y decimos no le creo a ese médico, luego se le nota que no sabe bien, además no me conoce, solo yo sé lo que siento y lo que tengo y entonces decidimos ir con otro famoso médico que nos recomendaron para tener una segunda opinión, aunque en el fondo sabemos que sí, estamos enfermos.

Y después de escuchar una segunda o tercera opinión y de que obviamente coinciden, entonces entramos en la fase de ¿por qué yo? Si soy buena persona, porque no se enferma Doña Chonita que es bien mala onda y hasta el cuerno le pone a su viejo. Bueno pues estas mismas preguntas y posturas se han puesto de manifiesto desde hace siglos. En la época de los hombres que pertenecían a tribus nómadas la enfermedad se consideraba como un castigo divino, algo malo debimos haber hecho en alguna época de nuestra vida,  y si no fuimos nosotros entonces seguramente fue algún ancestro mal plan y nosotros estamos pagando los platos rotos.

A esta manera de explicar la enfermedad se le conoce como sistema de salud mágico (ojo todavía la vemos en nuestros días). Como la causa es de origen divino, entonces la persona ideal para curarla es el sacerdote en algunas culturas o bien los curanderos, chamanes, brujos, etc. en otras culturas.

Algo bien importante es que el curandero, chamán y demás no tienen ninguna responsabilidad si la persona no sana, traducido al castellano a un curandero o chamán nadie los demanda, pero ¿qué tal a los pobres médicos? Bueno casi al mismo tiempo surge el sistema de salud empírico, es aquel donde no se conoce la causa de la enfermedad pero por las experiencias de otros se sabe cómo curar algunas enfermedades, es el caso de la herbolaria, la mineralogía, la zoología, el tronado del empacho y hasta la automedicación. La persona le tiene fe al remedio que le pasó la comadre o la amiguis y este tipo de conocimiento no se cuestiona solamente se pasa de generación en generación. Bueno para la próxima halaremos ya del último sistema de salud, el científico, basado como su nombre lo dice en el método científico.

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